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VIDAS ANARQUISTAS
Título:
VIDAS ANARQUISTAS
Subtítulo:
Autor:
VIDAL MANZANARES, GUSTAVO
Editorial:
FUNDACIÓN ANSELMO LORENZO (FAL)
Año de edición:
2000
Materia
ENSAYO
ISBN:
978-84-86864-43-9
Páginas:
115
Disponibilidad:
Disponibilidad inmediata
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Sinopsis

i, como sucede, en los primeros párrafos te das de bruces con un nonagenario que tira de ordenador, internet y página web, mientras rememora su conocimiento de Joe Hill en Norteamérica, te domina la duda ¿el autor será algún anciano militante de la acracia que no se resigna a pasar el Leteo sin legarnos sus memorias? Pronto comprendes que no, que Gustavo Vidal sabe qué es esto de la literatura y de sus técnicas y se enmascara tras múltiples narradores. Cosas de la ficción narrativa que vienen al pelo para que la historia entre como si fuera literatura y ambas acaben confundiéndose como la metáfora mística de las dos llamas de cirio. Gustavo Vidal conoce a fondo la máxima horaciana del deleitar aprovechando. La conoce y la aplica.
Ateneo de Madrid durante la presentación de libro. Lily Litvak, Gustavo Vidal, José Ramón Palacios y Campillo.
El autor ha llamado a la pluralidad, y nos regala nueve semblanzas que representan caras distintas del anarquismo militante. No polemiza sobre lo acertado de la selección y concede que podían haber sido otros los seleccionados. Es verdad que los nombres de Penina, Ricetti, Massaguer, Lisbona y Grau no ocupan un puesto de relumbrón en el santoral anarquista, es verdad que insiste en la pedagogía, en la represión del Estado, en la xenofobia. Culpa es de la historia (tan abundosa en represión y racismo) y del anarquismo mismo (tan rico en militantes de penumbra y en campañas educativas), no del autor de los relatos. Lo cierto es que los nueve relatos se leen de una tirada, cuentan con el gran mérito de la amenidad, no agobian con fechas, son coherentes, destilan cariño hacia los biografiados y también hacia los narradores de las historias, lo cual no deja de ser chocante cuando tres de ellos (cura, militar, policía) pastan en dehesas tenebrosas para los libertarios.
Y aunque BICEL no es probablemente el mejor lugar del mundo para tratar de técnicas literarias, de las relaciones entre autor, obra y lector, de omnisciencia, omnipresencia y ausencia no podemos dejar de resaltar la diversidad de los narradores, sorprendentes en más de un caso. Entra dentro de lo normal que sus antiguos discípulos recuerden a Ricetti, y un jubilado a Joe Hill; ya resulta menos cotidiano que un profesor de Derecho y un sacerdote se ocupen de Ferrer, y que unos policías nos cuenten la historia de Sacco y Vanzetti; y francamente navega en los lindes de la rareza y la anomalía que el viejo militar que lo ejecutó nos cuente afectuosamente la vida de Penina. A Salvochea y Massaguer los presenta a cara de perro: ellos confiesan sus avatares vitales. Sólo con Lisbona y Grau el escritor-narrador Gustavo Vidal se muestra como tal. La pluralidad de semblanzas arrastra una no menor variedad de presentaciones y una y otra benefician al conjunto.
¿Puntos débiles? Yo quizás hubiera eliminado uno de los dos relatos pedagógicos por redundantes (todo no fue ferrerismo en la pedagogía anarquista, particularmente prefiero la línea de la escuela Neutra defendida por Ricardo Mella). La exposición del caso Granado-Delgado mediante un diálogo entre alumno y maestro resulta, creo, forzada, y poco creíble justificar la atracción del maestro hacia los asesinados nada menos que porque su padre ofició de enterrador. Tampoco creo que sea exacto considerar a Granados y Delgado, «los Sacco y Vanzetti españoles», bien que en ambos la razón de Estado apaleó la justicia. Echo en falta la presencia de alguna de las figuras del periodo bélico (Peiró, por ejemplo, un hombre de aspecto común con entrañas de héroe), que mostrara el océano de dudas y contradicciones que agobió a tantos anarquistas en 1936.
La actualización de Sacco y Vanzetti resulta cuando menos atractiva, con un toque de ironía que se debe valorar (el agente de policía seguro de la inocencia de la pareja deja la porra y monta una pizzería) y además oportuna ahora que parece vuelve la xenofobia a sacar pecho. La confesión del viejo militar que ejecutó a Penina tiene garra leonina. Un Lope Massaguer era imprescindible para no dejar en el olvido la vergüenza de los campos de concentración, tipo Mauthausen, y recordar que no sólo se cebaron en gitanos y hebreos. No menos imprescindible Miguel Grau y Antonia Lisbona, como paradigma de la odisea (separaciones, cárceles, campos de concentración, hambre) de los exiliados internos y externos de 1939. No olvidar a Salvochea, para mí el más honroso estandarte del anarquismo, confirma que su figura no envejece, y poner en su boca futurista un Estrecho de Gibraltar poblado de pateras, es comprender en profundidad al gaditano.
En conjunto Vidal nos ofrece algunas facetas notables del anarquismo: su obsesión por la enseñanza, la contumacia con que ha sido perseguido por el Estado, los sufrimientos de muchos de sus militantes, la relevancia que ha dado siempre a la propaganda oral y escrita, su obsesión universalista, sus ansias de justicia y defensa del perseguido. Creo que no es casual la intención (con frecuencia más apuntada que desarrollada) de encontrar paralelismos entre las historias contadas y la actualidad, de mostrar que el dolor y la injusticia no mueren y que, quizás por eso, siempre brotarán Vidas anarquistas. El libro cumple correctamente su fin de divulgar el proteico ideario anarquista, lo hace con estilo elegante y con gusto, sin que la historia sufra lo insufrible y sin alardear de objetividad. El deleitar aprovechando tiene aquí una excelente plasmación. Lo menos que debemos aconsejar es leerlo.